viernes, 29 de marzo de 2013

El mundo como yo lo veo


Existe un lugar secreto donde me iba a esconder en las horas de siesta, durante unos años de mi infancia. En él hay una plaza de árboles y césped, donde iba a recostarme bajo un árbol a escuchar el silencio. Y el cantar de los pájaros. Ese lugar está igual desde que lo conocí, hace dieciocho años. La misma tierra de la calle, el mismo paisaje, los mismos arbustos, por eso me parece tan romántico, hoy más que antes. Muy natural en medio de una ciudad creciente en bullicios. Casi nadie va allí, sólo ocasionales parejas que se instalan a acicalarse mutuamente unos minutos.
Yo iba en bicicleta, a contemplar solitaria ese regalo de la tierra, ese lugar en el que me refugiaba para no pensar acerca de las malas decisiones que tomaban los adultos. Me sentaba, me imaginaba crecer en esa plaza, yendo con un cuaderno y una lapicera a escribir algunas líneas, para describir con mi escueto vocabulario infantil la belleza que encerraba ese lugar, o acercarme algún día con algún novio para que vea lo mismo que yo veía, que disfrute y sienta el aire místico que envuelve a esas cuatro calles, que respire mi mismo aire.
Sin embargo, nunca pude llevar a nadie allí, porque ese alguien tenía que ser especial, entender el mismo lenguaje simbólico o metafórico que la naturaleza trata de comunicar, y tampoco nunca me senté a escribir nada. Al año me mudé de ese barrio y esas líneas las empecé a escribir en el techo de mi, entonces, nueva casa. No estas, otras líneas, referidas al nuevo paisaje que veía desde el recorte de mundo al que llegaba mi visión.
Lo común en ambos espacios era el motivo de escritura. Allá por esos años, donde el amor no había profanado mi inocencia, la naturaleza era mi amante ideal, y cada día me sorprendía con nuevos, nunca repetidos, atardeceres. Con soles tibios o más cálidos, con tardes de lluvia en las que observaba a través de mi ventana a las típicas gotas que golpeaban el vidrio iniciando sinuosamente, siempre rumbo abajo, sus últimos centímetros del viaje emprendido desde el cielo. De la misma manera, por las noches contemplaba e intentaba describir la magnitud de los astros, a las estrellas que por sus rojizos colores decían que pronto llegaría su fin. Y la infaltable Luna, presente como testigo indiscutible de cada desamor, que se fueron sucediendo uno tras otro, año tras año.
Mi niñez y mi adolescencia fueron etapas donde la naturaleza tuvo un papel principal. La naturaleza es el escenario ideal del romántico, una excusa para escribir, un motivo y un personaje, una amiga y un amor. Una explosión cíclica de escenarios que cada día se renuevan.
En mi adultez, la naturaleza está constantemente en competencia con las responsabilidades humanas del deber ser, en rivalidad con las convenciones culturales que nos encierran en espacios artificiales, a veces con seres artificiales. Aún así, llevo adentro mío a esa niña que se escapaba a ese lugar recóndito, ese lugar que guardaré en una bolsita perfumada con aromas cítricos, frescos, y que cada vez que la abra me permitirá renovar las ganas de seguir descubriendo este misterioso mundo, al cual todavía sigo mirando con curiosidad.
Trato de entender, de aceptar y convivir con las experiencias e interpretaciones que los demás hacen de las cosas que le pasan, sin juzgar al que ve mi paisaje de otro modo. Sigo esperando al que lo sienta, viva, disfrute y añore, tal como yo lo siento, vivo, disfruto y añoro. Al menos con palabras, al menos a su propio lugar recóndito, secreto.

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