martes, 1 de mayo de 2012

Le Petit Mort


Un periódico anunció la llegada de un grupo de personas que venían desde afuera a competir a la ciudad. Como asidua lectora de libros, olvidó que existen los periódicos para estar actualizados con la información local, regional, nacional e internacional. Justo ahora que lo que decía en el diario le iba a interesar mucho. Pero un e-mail que recibió de una amiga, por suerte, le trajo la noticia de que un amigo lejano estaba en la ciudad, y que era preciso que ella lo sepa, pero que tenga cuidado.
Al enterarse de esto, Ofelia salió corriendo a Información Turística pensando que podía estar por allí, o que le podían informar acerca de las noticias que salieron en el diario. Sin embargo, al no encontrar el lugar informativo decidió ir ella a recorrer los hoteles hasta encontrar a su amigo lo antes posible.
Cómo habrá sido la sorpresa cuando llegó ante un puente que tenía que cruzar sobre un arroyo que desemboca en el Río Paraná, éste comenzó a levantarse porque tenía que pasar una embarcación. En medio de gritos de desesperación, sabiendo del tiempo que perdía en esa espera, ella gritó y lloró frente los hombres que manejaban el sistema mecánico de subida y bajada del puente, y ellos, al no entender qué sucedía, preguntaron si estaba todo bien, pero Ofelia no podía hablar, sólo quería llegar al hotel correcto antes de que sea tarde, antes de que los huéspedes retomen el camino a casa. A todo eso, el puente ya comenzaba a bajar, el tránsito se normalizaba y por fin una luz de esperanza iluminó el corazón de ella, quien en seguida siguió la marcha hasta su casa, a donde se dirigía para hacer algunas llamadas telefónicas a los hoteles más conocidos de la ciudad.
Una vez allí, luego de dos llamados negativos, la voz del teléfono le dijo que las personas a quienes buscaba estaban en ese momento en el hotel. Así que en un arranque de adrenalina, tomó su billetera, su teléfono, las llaves y se marchó.
Cómo sería esa entrada triunfal al hotel, cómo expresar con palabras lo que Ofelia sintió en ese momento, cuando al entrar a la sala de estar del hotel, estaba él sentado en un sofá a la izquierda de la entrada, casi atrás de la puerta de entrada a la sala. Tenía un jogging, una remera azul-grisácea y sus zapatillas de lona, con los cabellos cortos como lo venía usando en los últimos tiempos desde que comenzó la dieta. Instantáneamente, al verla se levantó del sofá y con pararse bastaba para llegar a los brazos de ella, quien se acercó lo suficiente para estrujarlo en un abrazo de bienvenida, haciéndole saber la falta que le hizo en todo este tiempo y todo lo que lo extrañó más todo lo que lo quería, una conjugación de sentimientos en un abrazo que fue recíproco.
Fue el día del cumpleaños de Ofelia, y qué mejor regalo de cumpleaños que haber hecho realidad uno de los tres deseos que ella pedía cada año desde que lo conoció. Él se sumó al festejo de natalidad y fue con ella a su casa, donde estaba la familia y algunas amigas. Ella quiso agasajar la llegada de su amigo haciéndose su propio pastel de cumpleaños, ya que, luego de hablar acerca del tiempo que tenían, que era mucho, se había tranquilizado bastante. En comparación a cómo se sintió al principio cuando se enteró de que él había venido, ahora sonreía grandemente demostrando su felicidad y disimulando a más no poder sus no tan ocultos deseos. 
Tenían mucho tiempo para pasar juntos, pero en un escape de locura, Ofelia quiso hacer eso que ya no podía esperar más. Lo tomó de la mano, y lo condujo hasta su cuarto, se abrazaron muy fuerte, pero muy fuerte, era de esos abrazos que te cortan la respiración por unos momentos. Aunque, lo que ocurrió después fue aún más cercano a la muerte, su antesala, fue como una muerte chiquita.

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