miércoles, 2 de febrero de 2011

Niños locos

Experimentábamos lo nuevo en ese mágico momento en el que tu mano derecha agarraba mi mano izquierda sobre la mesa llena de sobres de azúcar, servilletas de papel y el café recién servido.
Nos mirábamos a los ojos por primera vez frente a frente, y cuando yo agachaba la mirada tentada por una sonrisa reveladora, podía sentir la suavidad de tu mano que acariciaba a la mía. No recuerdo bien de qué hablamos, tal vez del pasado distante en el que ninguno sabía de la existencia del otro, tal vez no pensamos ni dijimos nada para disfrutar y sentir el presente que se eternizaba en la unión de nuestras manos y nuestros ojos, tal vez soñamos despiertos con un futuro distinto en el que viviéramos muchos de esos momentos como en esa cafetería.
Terminado el café, salimos a caminar a la peatonal, nuestras manos seguían sin soltarse, y nuestros oídos estaban maravillados con la dulzura de las palabras que oían y de la risa sincera que salía naturalmente, desbordando los límites corporales al punto de que dolían los músculos al momento de relajarse.
Nos sentamos en un banco de la peatonal y, mientras mis manos unidas descansaban entre mis piernas, mis ojos miraban a un punto fijo del cielo que comenzaba a estrellarse. Vos, embriagado de alegría, pasando tu brazo izquierdo por detrás de mí y dejándolo descansar sobre el respaldo del banco, estando muy cerca mío me recitaste al oído una conocida balada que decía así:

"No, nada llega tarde, porque todas las cosas
tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas;
sólo que, a diferencia de la espiga y la flor,
cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor.
No, Amor no llega tarde. Tu corazón y el mío
saben secretamente que no hay amor tardío.
Amor, a cualquier hora, cuando toca a una puerta,
la toca desde adentro, porque ya estaba abierta.
Y hay un amor valiente y hay un amor cobarde,
pero, de cualquier modo, ninguno llega tarde.

Amor, el niño loco de la loca sonrisa,
viene con pasos lentos igual que viene a prisa;
pero nadie está a salvo, nadie, si el niño loco
lanza al azar su flecha, por divertirse un poco.
Así ocurre que un niño travieso se divierte,
y un hombre, un hombre triste, queda herido de muerte.
Y más, cuando la flecha se le encona en la herida,
porque lleva el veneno de una ilusión prohibida.
Y el hombre arde en su llama de pasión, y arde, y arde
Y ni siquiera entonces el amor llega tarde.

No, yo no diré nunca qué noche de verano
me estremeció la fiebre de tu mano en mi mano.
No diré que esa noche que sólo a ti te digo
se me encendió en la sangre lo que soñé contigo.
No, no diré esas cosas, y, todavía menos,
la delicia culpable de contemplar tus senos.
Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada,
que era como la llave de una puerta cerrada.
Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor,
y ni siquiera entonces llegó tarde el amor."



Al oír estas palabras dejé de mirar las estrellas y miré tus ojos, liberando mis manos, tomé entre ellas a tu mano derecha que reposaba en tu rodilla,   estrechándola cerca de mi pecho, la envolví en caricias y la apoyé en mi mejilla para acariciar mi rostro. Allí te dije: "No quiero perder esta magia que existe entre los dos. Si queremos que este amor se sienta siempre vivo, no quede en el olvido, ni se pierda por los sentidos, tenemos que dejarlo insatisfecho".
Me miraste a los ojos respondiendo con un silencio cómplice que duró lo que tardó un avión en pasar por el cielo con sus luces parpadeantes, cuyo ruido cubrió el vacío de tus palabras.
Entonces, llegó el momento. Conscientes de que nunca olvidaremos ese encuentro y que así seremos eternos e inolvidables el uno para el otro, nos estrechamos en un abrazo y luego anduvimos caminando por la peatonal, aprovechando la eternidad para caminar de la mano, sabiendo que estaremos juntos en cualquier tiempo y lugar, aunque pase la vida entera. Porque como "cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor", y como "nuestro hogar está donde está nuestro corazón", estuvimos, estamos y estaremos juntos, en un presente eterno.







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